No tengo una gran habilidad para escribir como lo haría un escritor profesional, pero intentaré fervientemente entretenerte con mi historia y, con un poco de suerte, también inspirarte.
Soy matemático y, al momento de escribir esto, tengo 23 años. Hace aproximadamente nueve meses culminé mis estudios en matemáticas puras y me encontré frente a ese sinsentido de la vida, ese golpe de realidad con el que muchos, a mi edad, no estamos listos para lidiar: decidir qué hacer con nuestra vida. No me refiero al miedo de trabajar, para nada. Me refiero a que, al salir de la universidad, sentía que no sabía hacer absolutamente nada útil.
No es por engrandecerme, pero en mi universidad obtuve el mejor promedio y logré sobresalir ampliamente entre mis compañeros. Incluso tuve la oportunidad de salir de mi ciudad y vivir en otra durante un semestre, con el objetivo de mejorar mis habilidades matemáticas.
Estas experiencias me hicieron darme cuenta —como siempre lo había pensado— de que quería dedicarme a la investigación matemática. Lo sé, tal vez no tienes idea de qué investiga un matemático. Si estás incursionando en el mundo del desarrollo, debes saber que las matemáticas están inmersas en todo el sistema de computación. Para crear algo verdaderamente distinto, es necesario aprender a hacerse las preguntas correctas, y muchas veces esas preguntas te llevan a alguna de las muchas áreas de las matemáticas. Al profundizar en ellas, tu desarrollo mejora considerablemente.
Usar matemáticas implica expandirlas: adquirir nuevas herramientas para expresar ideas nuevas con matemáticas nuevas. En esencia, eso es la investigación. A mí me interesaba profundamente investigar y enseñar; era algo que realmente me motivaba.
Al finalizar el año 2024, me hice una promesa: aprender programación de tal manera que pudiera trabajar de ello o, al menos, aplicarla en mis investigaciones. No sabía exactamente para qué la quería utilizar, pero tenía claro el objetivo de no sentirme inútil y de adquirir una habilidad real.
A lo largo de este año surgieron oportunidades. Como programador frontend, tuve clientes grandes que confiaron en mí, y así comenzó mi travesía: con mucho miedo, sin nadie que me guiara, únicamente yo y el internet.
Pero el tiempo pasó y tuve que tomar una decisión: continuar con mi camino matemático o iniciar una nueva vida como programador. Digo que era una decisión definitiva porque ya había presentado el examen de admisión para una maestría en matemáticas puras. Fui aceptado con la puntuación más alta del examen. Sin embargo, tuve un momento de claridad mental: decidí tomarme un tiempo —breve, pero necesario— para considerar mis posibilidades, reencontrar mi motivación y explorar algo distinto que me inspirara tanto como lo hicieron las matemáticas.
Durante la carrera aprendí un lenguaje de programación: Python. Ya tenía algo de experiencia, suficiente para comenzar esta aventura desde ese punto. Fue ahí donde realmente me lancé: con mucho miedo, poca experiencia y, sobre todo, con hambre.